Finalizaba así el largo proceso de beatificación y canonización, iniciado en Turín el 4 de junio de 1890.
El “Papa de Don Bosco Santo”, como sacerdote joven, tuvo la dicha de sentarse a la mesa con Don Bosco y conocer el Oratorio que había fundado. Conocía al detalle la gran obra que realizaba por los muchachos pobres y abandonados. Es por ello que no dudó ni un solo instante en promover el proceso de Canonización de su amigo Don Bosco, ni de los hijos espirituales, por ello cabe destacar que fue el impulsor de la causa de Beatificación de Domingo Savio.
“Raras veces, quizás nunca, contempló la Basílica Vaticana una alegría pascual tan nueva, tan fresca, tan inesperada como en la Pascua de 1934. Con aquella Pascua se cerraba el jubileo de la Redención y se celebraba la santidad de un apóstol que había llevado los beneficios de la Redención a infinidad de almas”, sentenció en alguna oportunidad el sacerdote Eugenio Ceria.

Y continuaba el poema de amor – “Desde el amanecer se dirigía hacia San Pedro una multitud cosmopolita desde todas las partes de la Urbe. A las seis se abrió el paso, a través de las barreras de los guardias que vigilaban los accesos, contenían las impaciencias y lograban que se pudieran controlar los billetes de entrada; a las siete y tres cuartos ya habían penetrado en el templo las sesenta mil personas de que es capaz. Otras cien mil, al menos, quedarían fuera. ¡Un espectáculo único en el mundo! Gente de toda condición, sexo y edad, sacerdotes, clérigos, religiosos, religiosas, estudiantes, profesionales, obreros, señoras elegantes y mujeres sencillas del pueblo, con extraordinaria diferencia de aspectos, de modos de vestir, de lenguas, se apretujaban bajo las bóvedas de la basílica y en la plaza más grande del mundo, unidos en un solo sentir con Don Bosco y con Pío XI”.

Escribiría posteriormente el Rector Mayor de aquel entonces Don Pedro Ricaldone: “Ciudad del Vaticano, primero de abril, a las diez y cuarto. Aleluya. El Vicario de Cristo acaba de proclamar Santo a don Bosco. Que él bendiga a Turín, a Italia, al mundo”.
A 800 años de su muerte, los restos de San Francisco de Asís se exponen al público

