Especial.- Durante siglos, mujeres fueron contratadas para llorar en funerales. Su llanto no era teatral: se creía que ayudaba al alma a trascender.
En algunos pueblos de Europa y América Latina, el sonido del llanto no siempre provenía de familiares. Las plañideras, mujeres contratadas para llorar en los funerales, cumplían un rol espiritual y social que hoy parece insólito.
Estas mujeres no solo acompañaban el duelo, sino que representaban el dolor colectivo. Su presencia era vista como necesaria para que el alma del difunto encontrara paz. En culturas como la mexicana, italiana y andina, el llanto ritual tenía un valor simbólico profundo.
La antropóloga venezolana Mariela Rivas afirma: “Las plañideras eran mediadoras entre el mundo terrenal y el espiritual. Su llanto tenía un propósito ceremonial”. En algunos casos, improvisaban cantos fúnebres y relatos sobre la vida del fallecido, convirtiendo el funeral en una narrativa emocional.
Este oficio, aunque desaparecido en la mayoría de las ciudades, persiste en zonas rurales. En Perú y Bolivia, aún se contratan mujeres para acompañar entierros con cantos y lamentos. En Sicilia, Italia, se conservan registros de familias que pagaban por servicios similares hasta mediados del siglo XX.
La tradición de las plañideras revela cómo las sociedades han buscado formas de canalizar el dolor. En tiempos donde el duelo se vive en silencio o en redes sociales, este oficio recuerda que llorar también puede ser un acto de amor.
Hoy, algunos colectivos culturales rescatan esta figura en performances y documentales. El llanto ritual se convierte en arte, memoria y resistencia frente a la indiferencia moderna ante la muerte.
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